
La perla sin precio
$0.06Una historia sobre el amor divino e incondicional. Aprende cómo las cosas más valiosas no se compran, sino reciben como regalo de Dios a través de Jesús.
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Una historia sobre el amor divino e incondicional. Aprende cómo las cosas más valiosas no se compran, sino reciben como regalo de Dios a través de Jesús.
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David Morse esperaba sobre un muelle en la costa occidental de la India. Al momento se rompió la superficie del agua abajo y apareció un anciano pescador de perlas que llevaba entre los dientes una madreperla enorme. Subió al muelle, abrió la ostra y sacó una perla bellísima.
—¡Qué hallazgo, Rambau! ¡Una fortuna! —exclamó Morse.
Pero el pescador se encogió de hombros.
—¿Y qué? ¿Ha visto usted otras más bellas?
—¡Oh, sí! Tengo una… —se interrumpió el anciano como si le faltara voz—. Mire los defectos de esta: esta mancha aquí, esta pequeña brecha… y es demasiado alargada. Es bella, sí, pero hay mejores.
—Es usted demasiado exigente —protestó Morse—. Yo la encuentro perfecto.
—Pues, es como ustedes dicen, que para sí la gente se ve perfecta, pero Dios la ve como en realidad es.
—Es cierto, Rambau. ¿No ve usted que Dios nos considera a todos imperfectos ante su presencia, y nos ofrece una justicia perfecta a todos los que simplemente creen en su Palabra y aceptan su salvación gratuita?
—No, no lo puedo creer. Ya le dije muchas veces: es demasiado fácil. Su religión tiene muchas cosas buenas, pero éso no puedo aceptar. De pronto soy demasiado orgulloso, pero tengo que ganar mi lugar en el cielo. De otro modo me sentiría mal.
—Rambau —respondió Morse, quien venía orando por él ya durante muchos años—, ¡no piense usted llegar al cielo así! Hay un camino único: Cristo. No es lo que nosotros hagamos. Es usted anciano ya; quizá se acercan sus últimas pescas de perlas. Para que se le abran las puertas perlinas del cielo debe usted aceptar la vida nueva que Dios le ofrece en su Hijo Jesucristo.
—Cierto que esta es mi última temporada —respondió Rambau—. Hoy fue mi último buceo. Llega el fin del año y debo prepararme para el año entrante.
—Precisa que se prepare para la vida futura.
—¡Exacto! ¿Ve usted aquel hombre? Es un peregrino. Anda descalzo, pisa las piedras más agudas, y se arrodilla a cada pocos pasos para besar el suelo. Yo también voy a comenzar mi peregrinaje el primer día del nuevo año. Voy a Delhi de rodillas. Lo he planeado toda mi vida. Me aseguraré del cielo.
—¡Hasta Delhi! ¡Pero son más de 1.500 kilómetros! A su edad no lo resistirá.
—¡No importa! Tengo que ir. Habrá que sufrir pero será grato, pues me permitirá ganar el cielo.
—Rambau, mi amigo, no lo haga, ¡se lo suplico! Jesucristo murió para darle el cielo.
El anciano buzo meneó la cabeza. —No tengo a nadie más querido que usted en esta tierra, amigo Morse. Desde hace muchos años se ocupa de mí; me cuidó en mi enfermedad, me ayudó en la necesidad. Pero nadie, ni usted siquiera, me puede quitar el gran deseo de obtener la vida eterna. Tengo que ir a Delhi…
Unos días más tarde, Rambau llamó a la puerta de Morse.
—Venga a casa, que quiero mostrarle algo.
—Con gusto —respondió Morse—. Pero le dolió el corazón cuando el anciano dijo al acercarse a la casa:
—Entre ocho días me voy para Delhi—
Hizo sentar al misionero en la silla donde tantas veces se había sentado explicándole el único camino de salvación. El pescador le puso delante un estuchito para joyas.
—Aquí guardo algo desde hace muchos años. No sabía usted que yo tuve un hijo, pescador de perlas también, el mejor en la costa de la India. Se zambullía como maravilla, tenía la vista más aguda, el brazo más fuerte, el aliento más poderoso. Era mi gozo, mi orgullo. Soñaba con hallar la perla más bella jamás encontrada …y un día la encontró. Pero ya había estado demasiado tiempo abajo. Subió con la perla, pero murió poco después. Esta perla le obsequio a usted, mi mejor amigo—
Abrió la cajita y de entre su envoltura de algodón sacó lentamente una perla enorme, de valor inmenso.
Morse se quedó pasmado de admiración.
—¡Qué maravilla, Rambau!
—Sí, es perfecta.
Un pensamiento se apoderó del misionero. Miró intensamente a su viejo amigo.
—Rambau, la perla es bellísima. Se la compro. Le daré 10.000 dólares.
—¡Ah, Señor Morse! ¿Qué dice usted?
—Quince mil, veinte, o más. Lo que sea necesario. Me sacrificaré por tenerla.
—Amigo Morse, —dijo Rambau, indignado—, esta perla no tiene precio. Nadie en el mundo tiene suficiente riqueza como para pagar su valor para mí. No la cederé ni por millones. No se la vendo. La puede tener sólo como regalo, porque usted es mi amigo.
El anciano bajó la cabeza y todo su cuerpo se estremeció silenciosamente.
—La he guardado siempre, pero ahora me voy, y quién sabe si volveré.
—No, Rambau. Aunque la deseo, no la puedo aceptar así. Quizás sea muy orgulloso, pero es demasiado fácil. Necesito pagar o trabajar para adquirirla.
—¡Usted no me entiende! ¿No ve? Mi único hijo murió por tener esta perla. Su valor está en la vida de mi hijo. No la puedo vender; sólo regalarla. Por favor, acéptela como muestra de mi amistad.
Conmovido, el misionero calló. Tras una pausa tomó la mano del anciano.
—Rambau, ¿cómo no ve usted? Lo que le dije es lo que usted le dice a Dios; y usted me dice lo que Dios le dice a usted sin cesar…
El pescador fijó una larga mirada en su amigo. Lentamente empezaba a entender…
Morse siguió:
—Dios le ofrece un regalo tan grande y preciado que nadie puede comprarla. Miles de millones no bastarían. Nadie es tan bueno como para merecerla. A Dios le costó la vida de su Hijo único para abrirle entrada al cielo. Ni con consagrarle miles de años y cientos de peregrinajes podría ganarse la salvación. Sólo puede recibirla como señal del amor de Dios hacia nosotros los pecadores. No tiene usted que decir nada. Yo acepto su perla con humildad y pido a Dios que sea digno de su amistad. Y, ¿no quiere usted aceptar humildemente el gran don de Dios, sabiendo que su Hijo tuvo que morir para poder regalársela?
Lágrimas corrían por la cara del anciano.
—Sí, ahora veo. Hace dos años que reconozco el valor de la enseñanza de Jesús y creo en él, pero no podía aceptar una salvación gratuita. Ahora entiendo. Hay cosas que no se pueden comprar ni ganar; no tienen precio. ¡Con agrado recibo el don de Dios!
Amigo lector, cree en el Señor Jesús. Recíbele en su vida hoy como el regalo incomparable de Dios, y tendrás la eterna salvación de tu alma.
“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna”
(Juan 3:16)
“Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros pues es don de Dios”
(Efesios 2:8)
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