
¡Perdió su Tesoro!
$0.04¿Perderías tu alma jugando con el tiempo? Descubre por qué debes cuidarla.
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¿Perderías tu alma jugando con el tiempo? Descubre por qué debes cuidarla.
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Bajo un sol esplendoroso, un barco de transporte se deslizaba suavemente por el tranquilo mar. Cerca de la baranda, un pasajero jugueteaba con algo que centelleaba al ser tocado por los rayos del sol. Otro viajero observaba y le preguntó:
—¿Qué cosa es esa que tira Ud. al aire y la vuelve a agarrar con tanto descuido?
—Es un diamante. Véalo.
—¿Vale mucho?
—Sí, valiosísimo. Fíjese en su color y tamaño. En verdad todo lo que poseo en el mundo lo tengo invertido en este diamante. Voy hacia un nuevo país en busca de fortuna. Vendí todas mis pertenencias e invertí el dinero en este diamante para poder llevarlo fácilmente.
—Si es tan valioso como dice, ¿no le parece muy arriesgado tirarlo así al aire sobre la barandilla? —preguntó el otro viajero.
—No, no es ningún riesgo. Desde hace media hora lo estoy haciendo.
—Pues, podrá llegar el momento en que lo tire por última vez —dijo el otro.
El hombre se sonrió y volvió a lanzarlo al aire y a recogerlo. De nuevo lo tiró —la preciosa piedra brilló deslumbrantemente— pero esta vez cayó muy afuera. El dueño del diamante no pudo agarrarlo, quedándose atontado por un momento antes de exclamar angustiado:
«¡Lo perdí! ¡Lo perdí! ¡He perdido todo lo que tenía en este mundo!»
Dirá usted que nadie es tan tonto y que esta historia no puede ser real. Pero sí, es cierta… y es muy posible que el protagonista sea usted mismo. El mar representa el tiempo, y el destino hacia el cual viaja usted es la eternidad. El barco en que navega es su vida, y el diamante es su alma con la cual está jugando.
Déjeme, pues, repetir la historia de esta manera:
—Amigo mío, ¿qué es lo que tienes en la mano y con lo que juegas con tanto descuido?
—Es mi alma.
—¿Vale mucho?
—Más que todo lo demás.
—No le parece que corre gran riesgo de perder su alma?
Ahora bien, aunque diga: «¡Ah, no!» y siga jugando con el tiempo, llegará un momento en que ya no podrá recuperarla. Su alma se habrá sumergido en la profundidad de la desesperación, exclamando:
«¡Me perdí! ¡Me perdí!»
Por mucho que intente, será imposible rescatar su alma. Tal será su clamor un día quizás muy pronto a menos que ponga su alma en un lugar seguro, bajo el cuidado del Hijo de Dios.
«¿QUÉ APROVECHARÁ AL HOMBRE, SI GANARE TODO EL MUNDO Y PERDIERE SU ALMA? ¿O QUÉ RECOMPENSA DARÁ EL HOMBRE POR SU ALMA?» (Mateo 16:26)
Así que, ¿por qué no entregar su alma al Señor Jesucristo ahora mismo?
—«CREE EN EL SEÑOR JESUCRISTO, Y SERÁS SALVO.» (Hechos 16:31).
Jesús dijo:
«YO LES DOY VIDA ETERNA; Y NO PERECERÁN JAMÁS, NI NADIE LAS PUEDE ARREBATAR DE MI MANO.» (Juan 10:28)
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